PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS
EN APOYO A LA REVUELTA EDUCATIVA
Después de 1 mes de huelga hoy los profesores valencianos vuelven a las aulas. Una huelga dura. Una lucha digna.
La Primavera de Microrrelatos Indignados trata de inundar las redes de microrrelatos que denuncien el abandono de la educación pública, que resalten su papel para lograr una sociedad mejor, los peligros que implica su degradación... como muestra de apoyo y agradecimiento por el sacrificio que han hecho para defender la única herramienta social que asegura la igualdad de oportunidades.
Després d'un mes de vaga hui els professors valencians tornen a les aules. Una vaga dura. Una lluita digna.
La Primavera de Microrelats Indignats tracta d'inundar les xarxes de microrelats que denuncien l'abandó de l'educació pública, que ressalten el seu paper per a aconseguir una societat millor, els perills que implica la seua degradació... com a mostra de suport i agraïment pel sacrifici que han fet per a defendre l'única ferramenta social que assegura la igualtat d'oportunitats.
Nos vemos en el alambrada.
Ens veiem al filat.
Participantes:
Joan Albert Gimeno Rovira, Rosalía Guerrero Jordán, Rikki Jaffar Prince, Carmen Hidalgo, JOff, Quica García Martín, Silvia Moldes, María Requena, Maria P. Moliner i Marín, M. Carmen Marí, Pepe Sanchis, Miguelángel Flores, Ana María Abad García, Nani Canovaca López, Susana, Ana María Abad García, Una niña inculturada, Miguel Torija
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| Pepe Sanchis Concentració de mestres, Plaça de la Verge (València) |
Microrelats /Microrrelatos
MERITOCRÀCIA DIFUSA (Joan Albert Gimeno Rovira)
Quan van aparéixer amb el seu orgullós verd impregnant el carrer d’alegria, al ritme d’aquella harmoniosa música que li transportava als millors anys viscuts i avançant amb la determinació de qui se sap al costat correcte de la història, l’avi va agafar amb força la petita i innocent mà de la uniformada neta i va recordar les paraules, mil vegades repetides, de la seua filla: evita el centre de la ciutat, Laurita acabarà sent una implacable advocada i no pot contagiar-se d’arengues de justícia, llibertat i igualtat!
EL ASCENSOR (Rosalía Guerrero Jordán)
Cada día, Vicentín coge su mochila vacía, mete en ella el bocadillo que le ha hecho su madre, y camina hasta su escuela. Él dice que ya es mayor para ir solo, pero la realidad es que, cuando él se levanta, su padre ya no está en casa, y que su madre tiene que salir corriendo al mismo tiempo que él para no perder el metro.
A veces, Vicentín los oye quejarse: de lo caro que está todo, de que no llegan con los dos sueldos, de que el niño crece deprisa y necesita ropa nueva. Por eso Vicentín no se queja cuando le aprietan los zapatos o la camiseta le está demasiado justa.
Cuando llega a la escuela la profesora le pregunta si se ha olvidado otra vez los libros en casa. Y él le contesta que no, que lleva la mochila vacía porque quiere meter en ella todos los conocimientos que necesita para encontrar un buen trabajo cuando sea mayor. Y, aunque no lo dice, todos los días busca el ascensor del que habla mamá.
En invierno pasa frío, pero en verano es peor. Y con tantos niños y niñas en clase a Vicentín le cuesta recoger todos los conocimientos que necesita para el futuro.
Hace un mes los profesores se pusieron en huelga, y Vicentín los ve en la tele, vestidos de verde y hablando de ratios. Y cree que por fin ha entendido cómo funciona el ascensor invisible del que habla mamá.
La escuela enterrada (Rikki Jaffar Prince)
En 2036, los arqueólogos encontraron una extraña ruina en el centro de la ciudad. No era un castillo ni una fábrica. Era una escuela pública.
Entre pupitres rotos y ordenadores obsoletos hallaron un cartel descolorido: “La educación es el ascensor social”. Los más jóvenes no entendieron la frase. Hacía años que los ascensores solo funcionaban para quienes podían pagarlos.
Las crónicas de 2026 hablaban de aulas masificadas, profesores agotados, burocracia interminable, falta de apoyo a la diversidad, infraestructuras envejecidas y una brecha creciente entre centros. Mientras tanto, se repetía que no había dinero suficiente.
Los arqueólogos siguieron excavando y encontraron algo aún más sorprendente: fotografías. En ellas aparecían hijos de obreros convertidos en médicos, ingenieras, investigadores, artistas y maestros. Personas distintas aprendiendo juntas a pensar, debatir y convivir.
—¿De verdad una escuela podía hacer todo eso? —preguntó una niña.
Nadie supo responder.
La sociedad que contemplaban a su alrededor era rica en tecnología, pero pobre en oportunidades. Las noticias hablaban de desinformación, desigualdad y enfrentamientos constantes. Habían olvidado que una democracia no se sostiene con pantallas, sino con ciudadanos formados.
La niña recogió el viejo cartel y lo limpió con la manga.
—Entonces no era una ruina —dijo—. Era una advertencia.
Y aquella tarde, por primera vez en muchos años, alguien propuso reconstruir la escuela antes que cualquier otro edificio.
Seguíamos nuestra rutina diaria, aquagym, universidad de adultos… Pero estábamos al tanto de la movida de los profesores. Nuestro grupo de WhatsApp hervía con fotos de las protestas... Nos recordaba tanto la huelga docente de 1988. Enri fue la primera en ponerse la camiseta verde y enviarnos un selfi desde la manifestación.
—Pero, ¡venga! No seáis cobardes. No somos tan mayores. Entiendo que Gloria se quede en casa, por su retina; pero las demás no tenéis perdón —decía en el mensaje.
Mientras hacíamos la ruta del colesterol, comentamos el audio de Enri.
Al llegar a casa, calenté la comida y encendí el televisor y vi—no me lo podía creer— el empujón del policía por la espalda, porra en mano, a una de las manifestantes, que resultó ser una jubileta como nosotras. «¡Dios mío! La mata», pensé. Vinieron a mi mente los grises en la zona universitaria. A veces aparecían de repente, sin previo aviso. Los cuerpos acababan amoratados, cuando no te veías esposada en el furgón camino de comisaría, sin saber cuándo ni cómo saldrías de allí. Era el franquismo y nosotras peleábamos por las libertades.
En el grupo de WhatsApp la respuesta fue unánime. Esa tarde las seis amigas jubiladas, Gloria con su retina incluida, estábamos con pancartas en la manifestación del centro.
La cartografía del abrigo (JOff )
El viento arrastra un frío de números fríos, un intento de tasar la luz y ponerle aduanas al pensamiento. Pero el asfalto ha florecido. Veintitrés auroras llevan los arquitectos del librepensamiento, sosteniendo el cielo pedagógico sobre sus hombros, transformando la tiza en un bisturí de verdades que rasga el tejido del desamparo.
A
su alrededor, la sociedad no solo observa; se hace costura. Somos un
oleaje de anonimatos abrazando sus voces, un país de plazas
latientes que se vuelve trinchera y abrigo. Porque herir la escuela y
la salud pública es desangrar el mapa de nuestra propia dignidad.
Custodiamos a nuestros maestros como quien cuida el último grano de
trigo antes del invierno, sabiendo que en su caligrafía indomable
descansa el único horizonte que el dinero jamás podrá comprar.
Ya
sonó el timbre que anunció el fin del confinamiento de las
conciencias.
En la pizarra, el eco de la tiza con la última
lección no se borrará:
31 días sembrando dignidad para que
las próximas generaciones cosechen libertad;" resistirá al
fondo del aula. Afuera, las manos que sostienen brújulas y mapas de
aprendizaje entrelazan voluntades, cortando con la palabra alambradas
que pretenden privatizar el mañana.
El inspector de turno
intentará tasar el valor de pupitres desiertos, pero será incapaz
de calcular el precio de un futuro que ya no está en venta.
Puede ser… (Quica García Martín)
Puede ser que estemos rodeados por una alambrada, puede ser que intenten que no nos movamos, puede ser que consigan que no leamos, puede ser que pretendan que seamos incultos, puede ser que con eso consigan manipularnos, puede ser que crean que así no pensamos, puede ser que entonces su poder aumente, puede ser que eliminen lo público y todo sea privado, puede ser que así logren sojuzgarnos.
Pero puede ser que seamos mas que ellos, puede ser que consigamos una cizalla, puede ser que cortemos la alambrada, puede ser que la unión haga la fuerza.
Puede ser que, esta vez, la victoria sea nuestra.
Primavera valenciana (Maria P. Moliner i Marín)
11 M. Santificarem la festa d’una batussa de verd que s’anticipa lorquià. No volem guanyar la batalla sino la guerra, sabent de bestreta que serà un triomf pírric del que per un temps dilatat haurem del llepar-nos les ferides de l’ànima, perquè fa mal guanyar només el discurs.
Brega
I el camp de batalla, que fins ahir era hostil a la llengua se’ns transforma en una catifa de verd.
Carrer de la Pau, Parterre, Glorieta, semàfor de jutjats
Alcem els ulls i saludem Estellés; allí està. Al fons Timoneda i el seu acòlit Lope, de verd darrere de Santa Catalina.
Alceu-vos, fills de l’horta, heu domat la terra per a que us done pa, domeu ara als que us volen esclaus, cagon l’h
dirà l’avi Blasco en arribar a la plaça dels mil noms vestida de verd, eixa a la que l’altre avi, el de sang, anomenava Emilio Castelar.
I obrirem una porta evidenciant la mentida.
I l’emoció que algú te pregunte d’on eres, perquè ha sentit pujo, alço i torno a l’epicentre del cap i casal que avui no és un filat del valencià. Els Ports també existeix, somriure verd d’un soldat de la Safor.
Anem ballant amb el desastre.
Comença a caure una pluja que ja no se pot contenir; el cel no volia desgavellar un dia de traca i mocador, i un orbayu discret i sanador cimeja la llum de Sorolla, sinestesia que te reconcilia amb el món.
El paradís és un exili.
Impossibile essere felice nel posto più bello del mondo
Seguim lluitant
LO SUPERFLUO (Susana)
En la delegación de asuntos educativos, los responsables se afanan en optimizar el presupuesto. Hay que acabar con el despilfarro en esta área y en esas están, en ajustar el gasto en el diseño de la futura escuela. «El cielo va a seguir ahí, ya lo verán cuando se vayan a casa después de clase. Se evita, además, que se distraigan mirando pasar las nubes, ¡así que fuera!». Y eliminan todas las ventanas del edificio. Uno de los expertos sugiere aprovechar los viejos contenedores del puerto, colocando uno junto a otro y apilándolos hasta tres alturas, en lugar del proyecto de obra tradicional con sus ladrillos, mortero, escayola, revoco, cristales, persianas y demás zarandajas. Tras restar todas estas partidas y animados por el ahorro que esta idea supondría para las arcas, dirigen su mirada al terreno del plano. «No tiene sentido tanto espacio desaprovechado, lleno de porterías y canastas, ¡que juegu...
El olor de la felicidad (Una niña inculturada)
Desde que vengo a la Comunidad Terapéutica me da por recordar. Por recordar olores. El primero que me viene es el olor de la lejía con la que me despellejaba las manos limpiando escaleras. Pero pronto es sustituido por otro olor. Por un olor que viene acompañado de recuerdos bonitos. Por el único olor que viene acompañado de recuerdos bonitos. Ese olor que es capaz de hacerme olvidar los malos tratos, las crisis de ansiedad, las miradas de desprecio y el rechazo de la sociedad. Ese olor que me hace olvidar el diagnóstico que todo lo inunda, esquizofrenia. El único olor que me devuelve a cuando todo era posible. El olor de los primeros días de colegio. El olor de los libros nuevos.
BONOESCOLA (Miguel Torija Martí)
En una cantonada de la pissarra digital una xifra de 5 dígits parpelleja. La robomestra ix de la seua letargia amb un brunzit i la seua veu metàl·lica ressona a l'aula per a anunciar que el temps ha conclòs.
―Qui vol resoldre l'exercici? ―pregunta.
Acatxe el cap i tire de la mànega per a ocultar l'avantbraç. Sé resoldre'l. No puc resoldre'l.
La robomestra insistix fins que al fons de la classe un braç s'alça. Bruno. Sempre Bruno. Les rodes del sistema motriu s'activen per a acostar-se a ell. No em gire a mirar, per si de cas. Escolte el braç articulat aproximant el lector a l'avantbraç de Bruno per a escanejar el QR tatuat allí. Sona una fanfàrria i el número de l'extrem de la pantalla canvia els seus dos últims dígits. De 19 a 21.
Bruno passa pel meu costat de camí a la pissarra per a corregir l'exercici. S'equivoca en la divisió i en la suma i escriu albergínies amb v. Ningú diu res. Jo tampoc. No puc evitar una mirada contrariada mentres mire com ho resol. Tracte de recompondre el meu gest. Tard. Els sensors de la robomestra han captat el meu disgust.
―Elena, passa alguna cosa?
―No
―Ja saps que per a parlar has d'alçar la mà.
Però no alce la mà. Tire més de la mànega per a ocultar el tatuatge, no siga que l'escàner el detecte i tots sàpien que ja no em queden bons i que hui és l'últim dia que podré vindre a classe.
BONOESCUELA (Miguel Torija Martí)
En una esquina de la pizarra digital una cifra de 5 dígitos parpadea. La robomaestra sale de su letargo con un zumbido y su voz metálica resuena en el aula para anunciar que el tiempo ha concluido.
―¿Quién quiere resolver el ejercicio? ―pregunta.
Agacho la cabeza y tiro de la manga para ocultar el antebrazo. Sé resolverlo. No puedo resolverlo.
La robomaestra insiste hasta que al fondo de la clase un brazo se levanta. Bruno. Siempre Bruno. Las ruedas del sistema motriz se activan para acercarse a él. No me giro a mirar, por si acaso. Escucho el brazo articulado aproximando el lector al antebrazo de Bruno para escanear el QR tatuado allí. Suena una fanfarria y el número parpadeante del extremo de la pantalla cambia sus dos últimos dígitos. De 19 a 21.
Bruno pasa por mi lado de camino a la pizarra para corregir el ejercicio. Se equivoca en la división y en la suma y escribe berenjenas con v. Nadie dice nada. Yo tampoco. No puedo evitar una mirada contrariada mientras miro como lo resuelve. Trato de recomponer mi gesto. Tarde. Los sensores de la robomaestra han captado mi disgusto.
―¿Elena, pasa algo?
―No
―Ya sabes que para decir algo tienes que levantar la mano.
Pero no levanto la mano. Tiro más de la manga para ocultar el tatuaje, no sea que el escáner lo detecte y todos sepan que ya no me quedan bonos y que hoy es el último día que podré venir a clase.










