Donald Trump (80), Benjamín Netanyahu (77), Valdimir Putin (74), Ali Jamenei (86) o Xi Jinping (73) copan horas y horas de los noticiarios con sus voces. El mundo les escucha con el corazón en un puño. Se analizan sus palabras, se buscan significados ocultos en sus mensajes, incluso en lo que no dicen se busca una intención. Hasta cuando callan les escuchamos. Parecería que las voces de estos septuagenarios y octogenarios son las más importante, las únicas importantes, entre los más de ocho mil millones de voces que habitan la tierra.
No. Es la hora de rebelarse. Hay que dejar de escucharles. ¿Cuáles son sus méritos? Tener el control sobre 12000 armas nucleares, no tener escrúpulos, tener cinco millones y medio de soldados a sus órdenes, disponer de la capacidad de que sus mentiras sean tomadas como verdades absolutas... No es suficiente para que merezcan ser escuchados. Escuchándoles les estamos otorgando un poder que no merecen: el poder de asustarnos.
Dejemos de escucharles. Hay otras voces que merecen más nuestra atención. La voz de Hind Rajab (6), por ejemplo. Si la escuchásemos ella nos hablaría de cosas que nos pueden ayudar a construir un mundo mejor. Nos hablaría, por ejemplo, de que le gusta jugar en la playa con la arena, de que ya sabe llegar sola a casa desde la encrucijada en que se encuentra, o de que ya no tiene ningún color preferido. Nos hablaría de todo eso con la voz de una niña de seis años; el arma más poderosa del mundo, mucho más que la de esos octogenarios que solo saben amenazarnos. Nos hablaría de todo eso, si no fuera porque uno de esos septuagenarios, quizá conocedor del poder de su voz, ordenó a uno de sus tanques que la silenciara para siempre.
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