Ane es una chica valiente. Lo sé desde hace tiempo. Hace unas semanas me lo volvió a demostrar. Fui a buscarla a clase para intentar ayudarle, al menos para intentar comprender. Me vio y se rompió, a duras penas pudo contener las lágrimas. Le miré los ojos, vidriosos, y sentí que algo estábamos haciendo mal. Muy mal. No puede ser que a los quince años ella y muchos de sus compañeros se sientan tan presionados, tan sumamente agobiados. Transitan por un territorio salvaje; la adolescencia y necesitan que les acompañemos y les guiemos a alcanzar la juventud, desde la que poder empezar a perseguir sus deseos, sin miedo, con la mejor coraza que les hayamos podido construir.
No es un caso aislado el de Ane. Decenas de adolescentes sucumben bajo la presión del ambiente (autoexigencia, padres, compañeros, profesores): crisis de ansiedad, depresiones, autolesiones, baja autoestima… Parece que la sociedad exige que todos y cada uno de ellos alcancen las cotas máximas de capacidad y que hagan lo que se espera de ellos. Es el estilo del capitalismo salvaje que, amparado por populismos demagogos, cabalga con fiereza en los últimos tiempos. Los centros educativos todavía son un oasis en el que las sociedades “modernas” no han logrado imponer su filosofía insolidaria y competitiva, pero van camino de lograrlo. Desde la infancia acostumbramos a las futuras generaciones a jornadas maratonianas en las que, a la edad de Ane, los alumnos deben acomodarse a las particularidades de diez o doce profesores. El desprecio a la educación pública que supone la infrafinanciación y el empeoramiento de las condiciones laborales de los profesores parece buscar la desaparición de ese oasis. La prevención se hace cada vez más compleja, los casos se multiplican y el sistema se satura. Las lágrimas de Ane son las de todo el sistema público de educación.
Ane es una chica valiente, porque es una de las pocas entre centenares que se atrevió a embarcarse en una aventura que le ha hecho crecer como persona y ha ampliado su perspectiva del mundo que la rodea, con un ángulo de visión más amplio que el de algunos de sus profesores que, imbuidos por esa fé verdadera que las autoridades educativas han promulgado a golpe de currículums, programaciones, situaciones de aprendizajes y rúbricas, construyen el falso mito de que la vida de sus alumnos empieza y acaba entre los cuatro lados de su flamante pizarra digital. Los gobiernos autonómicos camuflados tras ideologías neoliberales y amparados por neofascistas lo están logrando: muchos de los profesores sienten que solo deben cumplir esa burocracia ciega para ser buenos profesores. No. Un adolescente no se puede parametrizar, no se puede simplificar su formación en una hoja de cálculo. Esas simplificaciones solo sirven para que se puedan recortar las plantillas y aumentar los ratios. Los profesores de los centros públicos nos estamos pegando un tiro en el pie y le estamos pegando otro a nuestros alumnos. Corremos el riesgo de lastrar su futuro. Sucumbir a esta ola solo favorece a los que estudian en centros privados y a las élites que pretenden que el ascensor social se detenga.
Ane es una chica valiente y además es una chica muy madura. Superado por aquellos ojos llorosos, solo alcancé a mirarle fijamente para decirle que no estaba sola ante aquel muro que le habían puesto en frente, le enumeré los compañeros que íbamos a estar pendientes de ella y podíamos actuar para tratar de que ese muro fuera un poco menos alto. Me escuchó y su expresión cambió. Negó con la cabeza. No. No quería que nadie actuara. Me explicó que ya tenía un plan. Que iba a arreglárselas para superar el muro y me dio las gracias. Porque solo necesitaba eso. Saber que no estaba sola.

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