La reunión que ayer mantuvo Donald Trump con las compañías petroleras, debería haberla tenido hace meses. Primero asegúrate de que tienes una buena baza y después lanza el envite. Alguien debería enseñarle a jugar al mus, al menos al póquer. Porque juega sin mirar las cartas. Órdago tras órdago. Se puede jugar así, pero si no se tienen buenas cartas, a medio plazo es difícil ganar. Imposible.
Ayer descubrió sus cartas. Iba de farol en su agresión a Venezuela. Puede asustar y despreciar a muchos, pero a los señoros de ayer, a los magnates del petróleo, ni les desprecia, ni les asusta. El petróleo de Venezuela no acabará en los flamantes Cádillacs americanos. No. Y se lo dijo a la cara uno de esos hombres tras los que se esconden las hidras que de verdad controlan el mundo, el CEO de Exxon, una empresa que vale 500000 millones de dólares, una de las pocas capaces de poner suficiente dinero para extraer y procesar las reservas del esquivo petróleo venezolano: “Venezuela no es apta para invertir”.
Lo único que ha
logrado en esa reunión es que las pocas compañías que operan ahora
en el país caribeño, se comprometan a seguir allí. Para ese viaje
no hacían falta tantas alforjas. Enternecedor ver a Josu Jon Imaz,
adalid de las puertas giratorias españolas, sacando pecho ante el
macho alfa: Repsol triplicará su esfuerzo. Encomiable. Lo que no le
ha dicho a Trump es que cuando se triplica una cantidad ínfima, el
resultado es otra cantidad ínfima. Al presidente americano no le va
a quedar más remedio que amenazar a las matemáticas porque los
números no salen, es lo que suele pasar cuando se empieza a
construir la casa por el tejado.
“¿Y ahora qué?” Pensará
el bueno de Donald. “Pues a por Groenlandia, a ver si allí podemos
ir con un hornillo y fundir los dos quilómetros de hielo que
protegen sus recursos.” Una gigantesca isla sin carreteras, sin
puertos industriales, sin redes eléctricas, con temperaturas y
condiciones climáticas extremas. Es casi imposible, en ningún caso
rentable, extraer esos recursos. Harían falta décadas y millones de
dólares y para cuando la logística minera lograra empezar a
extraerlos, la tecnología habrá avanzado por derroteros
impredecibles que pueden convertir esos recursos, ahora valiosos, en
pura escoria.
Mientras tanto, la asustada UE ha reaccionado con
sus armas más poderosas: el diálogo y el respeto. Mientras Trump se
entretiene con sus alharacas de matón de barrio, América Latina,
esa que considera su puerta trasera, se ha abierto y por ella acaba
de colarse la vieja y despreciada Europa. La alianza entre Europa y
América del Sur es un órdago a la proteccionista economía
estadounidense. Pero a diferencia de los de Trump, este órdago viene
acompañado de muy buenas cartas. Este acuerdo transatlántico,
fraguado durante décadas de complejas negociaciones, acaba de
establecer una región de libre comercio con el mismo PIB que el
gigante norteamericano. Es hora de potenciar esta alianza económica
con una América del Sur joven y vital y quizá sea hora de romper el
otro acuerdo transatlántico, el que nos relaciona con la América
del Norte decadente y hostil: el de la OTAN.
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