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| Imagen generada con I.A. |
Los magnates norteamericanos de la Inteligencia Artificial, los nuevos reyes del planeta, nos alertan: “Las máquinas pueden tomar el control en menos de diez años y acabar con la humanidad”. Muchos analistas aseguran que esa visión apocalíptica esconde estrategias empresariales para seguir controlando un negocio, cada vez más amenazado por la competencia china y su filosofía de código abierto. Los expertos, no obstante, describen ejemplos plausibles de cómo podría actuar la I.A. para que se diese ese catastrófico desenlace y aconsejan una regulación de sus avances. Se permiten incluso cuantificar las probabilidades de que el desarrollo sin freno de esta tecnología nos lleve al colapso: el 10%. Quizá habría que poner en esa ecuación otros factores. Por ejemplo: la probabilidad de que el actual desarrollo insostenible, basado en parámetros de capitalismo salvaje, acabe provocando en unos pocos decenios una contaminación y un cambio climático letal para el ser humano es del 100%. Asumiendo que la creciente concienciación de las sociedades más industrializadas no parece suficiente, la única opción que nos queda para encontrar soluciones que atenúen, o incluso reviertan, esos efectos letales es el desarrollo de innovaciones tecnológicas que probablemente solo con una I.A. sin cortapisas llegarán a tiempo. Frenar la I.A. también tiene, por tanto, riesgos.
Pero quizá esos magnates también estén, consciente o inconscientemente, desviando la atención del verdadero peligro para la humanidad de la I.A. Siguiendo esta corriente de hipotéticos desenlaces catastróficos, quizá el peligro no es que las máquinas controlen a los seres humanos. No. No les va a hacer falta. La evolución de esta tecnología podría encaminar a la humanidad, irremisiblemente, a un escenario más audaz.
La ideología neoliberal y neofascista, extendida como orín infecto por las esferas de poder económico, militar y político, ha comprendido hace tiempo que las nuevas tecnologías abren una oportunidad de modelar la sociedad para mejorar sus cuentas de resultados. El futuro más previsible de las sociedades modernas no es que sean controladas por las máquinas. Será algo menos traumático. Nosotros nos convertiremos en máquinas. Las nuevas generaciones ya están preparadas para dar ese salto “evolutivo”. Para ellas, la Inteligencia Artificial es Dios. Para ellos es ya una ley innegociable lo que chatGPT, Gemini o Copilot, de momento, aconsejan, pero podrían acabar imponiendo en un futuro cercano (revistiendo, eso sí, de amabilidad sus órdenes).
Después de milenios de evolución, el Homo sapiens puede estar empezando la involución que nos devuelva al punto de partida. Estamos dimitiendo del rasgo que nos ha diferenciado hasta ahora del resto de seres vivos: la capacidad de pensar. Está siendo un proceso rápido, pero ordenado. Tres fases son necesarias para culminar este proceso. Controlar la conciencia. Controlar la decisión. Controlar la acción.
De la primera de esas fases se están encargando las redes sociales. Sus algoritmos moldean conciencias. Marcan en qué debemos fijar la atención, dibujan la frontera entre el bien y el mal, indican qué corriente debemos seguir. En definitiva: qué tenemos que pensar. A golpe de tuit van dando forma a un pensamiento único. Estandarizan a los individuos. Eso es un logro. Pero queda un pequeño detalle por resolver: todavía pensamos. Lo que ellos quieren, pero pensamos. Shakespeare ya lo dijo en Julio César. “Él piensa demasiado, hombres así son peligrosos.” Los que piensan pueden desarrollar ideas propias, por mucho que nos esforcemos, siempre habrá díscolos, divergentes que abrirán brechas en el pensamiento único.
La segunda fase actuará contra ese peligro. La solución es simple: lograr eliminar el pensamiento. Al menos lograr que deleguemos en otros entes lo que debemos pensar. Así pues, el riesgo de que sean las máquinas las que empiecen a actuar con independencia, saliéndose de los márgenes que se diseñaron para ellas, habrá desaparecido. No será necesario. Seremos nosotros sus brazos ejecutores. Aceptaremos, aplaudiremos y ejecutaremos sin titubeos, incluso con implacable entusiasmo y orgullo, las órdenes que nos den los flamantes y amables superprocesadores de Meta, Microsoft, Google, OpenAI, Anthropic o DeepSeek.
No es nada nuevo. Ya se ha hecho antes. Primo Levy en Si esto es un hombre nos lo aclara: “Los monstruos son los hombres comunes dispuestos a obedecer sin discutir”. Esos monstruos, esos hombres comunes de los que habla Levy y que él conoció en los campos de concentración nazi, fueron imprescindibles para que las políticas inhumanas de Hitler fuesen aceptadas, aplaudidas y ejecutadas sin titubeos, con implacable entusiasmo y orgullo por la mayoría de alemanes. Y siguió pasando en Ruanda o en los Balcanes a finales del siglo XX, en Israel ahora mismo. La apabullante irrupción en nuestras vidas de la I.A. podría tener esa consecuencia. No pensar. Dejar en manos de esta tecnología nuestras decisiones. Dimitir, abominar del proceso mental de abordar los dilemas, los problemas o las oportunidades que la vida nos presenta. El análisis, la reflexión, las hipótesis, se las dejamos a la I.A. y también, por tanto, el resultado de ese proceso: la decisión. Cualquier decisión en nuestra vida personal, laboral o académica se la consultaremos y ella nos dirigirá hacia lo que más convenga, ¿a quién? A nosotros y al sistema. Porque para “triunfar” nos convendrá seguir los dictados cibernéticos que vayan a favor del sistema. Así pues, con el objetivo de tener “éxito”, ser “felices”... todos actuaremos igual. Seremos predecibles, no cometeremos errores y desaparecerá la imperfección de la que se nutre la evolución. Tenderemos al equilibrio. La docilidad del equilibro. La receta es sencilla, pero hasta ahora era imposible de cumplir con seres heterogéneos, imprevisibles y libres. Aldous Huxley hace cien años, en Un mundo feliz, ya marcaba el camino: “El mundo es hoy estable. La gente es feliz; tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener”.
Conciencia. Decisión. Acción. Nos quedará el último gesto de voluntad: llevar a cabo una acción. Pero eso es ya un automatismo. Si las máquinas dirigen nuestra conciencia y toman decisiones por nosotros, actuaremos automáticamente siguiendo esas decisiones. Si abominamos de nuestra imperfección, de nuestra limitada inteligencia y entregamos a estas inteligencias superiores el poder de pensar por nosotros, acabaremos actuando sin voluntad propia. Seremos máquinas.

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